En profundidad

Neuroticismo y desórdenes emocionales: el papel de la regulación emocional

Blanca M. Bashore Acero
Universidad Complutense de Madrid
GrupoMindLab

 

La dimensión de personalidad conocida como neuroticismo, una de las cinco grandes dimensiones de la personalidad (Costa y McCrae, 1987), hace referencia a una mayor sensibilidad a las señales emocionales, especialmente a aquellas generadas internamente (Barlow, Ellard, Sauer-Zavala, Bullis y Carl, 2014) y este rasgo de personalidad parece predisponer a los individuos a experimentar estados emocionales negativos (Costa y McCrae, 1980).
Esta elevada sensibilidad se ha considerado central en la comprensión de los desórdenes emocionales (DE) (Mennin y Fresco, 2015). Dichos trastornos constituyen algunos de los problemas psicológicos con mayor prevalencia en población general; provocando, además de una gran carga económica y social, una pérdida significativa del bienestar y de la funcionalidad en quienes los padecen (Kessler et al., 2005), y el neuroticismo ha sido señalado repetidamente como un factor significativo de vulnerabilidad para los mismos (ver Watson, 2005).

Blanca M. Bashore Acero

Investigadora Pre-Doctoral en el grupo de investigación MindLab. Grado en Psicología y Máster General Sanitaria.

Universidad Complutense de Madrid

Han sido muchos los autores que a lo largo de los años han tratado de comprender en mayor medida en qué consiste esta dimensión de la personalidad, a qué puede deberse y cómo influye sobre el desarrollo posterior de psicopatología.

En un primer momento, Eysenck (1967) consideraba que los hábitos aprendidos cobraban importancia, pero que las diferencias en lo que respecta a la personalidad de los individuos dependían de la herencia genética, y que dichas diferencias presentaban un sustrato fisiológico determinante.

Algunos de los primeros estudios experimentales (i.e. Eysenck 1957, 1967) mostraron que el neuroticismo se relacionaba con el rendimiento exhibido en distintas tareas de laboratorio que implicaban funciones cognitivas como la percepción, la atención o la memoria y de nuevo Eysenck trató de explicar dichas diferencias con la tradicional teoría de la activación. Sin embargo, dadas algunas de las lagunas que dicha teoría presentaba, algunos autores hicieron hincapié en el estudio de los distintos componentes de procesamiento de la información y la manera en la que podrían ser sensibles a dimensiones de personalidad como el neuroticismo. Es el caso del original estudio de Matthews, Chamberlain y Jones (1990), quienes por ejemplo encontraron un sesgo hacia palabras amenazantes similar en pacientes ya recuperados de trastorno de ansiedad generalizada (TAG) en comparación con pacientes actuales, señalando el sesgo atencional como un atributo estable en los individuos con tendencia a presentar ansiedad, pudiendo ser necesario aunque no suficiente para causar un trastorno.

Con el paso del tiempo, hemos visto como la presencia de sesgos negativos en la atención, en la interpretación de eventos o en las creencias puede contribuir al desarrollo de una personalidad ansiosa (Wells y Matthews, 2006; Wilson, MacLeod, Mathews y Rutherford, 2006).

Con posterioridad a Eysenck, Gray (1970) parte de la concepción de dos sistemas que guían nuestro comportamiento: el sistema de inhibición conductual (BIS) y el sistema de activación conductual (BAS), siendo el primero sensible al castigo y a la evitación y el segundo, al refuerzo y a las conductas de aproximación. En estudios venideros, el neuroticismo presentaba correlaciones positivas con la escala BIS y negativas con la BAS (Boksema, Topsa, Westera, Meijmana, y Lorist, 2006). Por otro lado, y de acuerdo con esta propuesta, el BIS predice la respuesta ante estímulos considerados negativos o ansiógenos (Gable, Reis, y Elliot, 2000). Asimismo un elevado nivel de activación del BIS implica una elevada sensibilidad a experiencias novedosas, de castigo o de ausencia de recompensa, conllevando así, una tendencia a la evitación de dichas situaciones como prevención de posibles emociones negativas tales como el miedo, la ansiedad o la tristeza.

Como consecuencia de éstos y otros estudios, Brown y Barlow (2009) proponen un modelo que incluye dos dimensiones de primer nivel: la de ansiedad/neuroticismo/afecto negativo/inhibición conductual (ANAN/I) y la de extraversión/afecto positivo/activación conductual (EAP/A) y conciben ambas dimensiones en términos temperamentales, configurando el componente biológico-genético de la vulnerabilidad que, según los autores, explica entre el 30% y el 50% de la varianza de los DE.

El resto de la varianza estaría explicada por lo que los autores denominan vulnerabilidad psicológica que incluye la vivencia temprana de acontecimientos vitales estresantes y las experiencias de aprendizaje concretas.

En términos generales se ha encontrado que el neuroticismo, el afecto negativo y la sensibilidad a la ansiedad se correlacionan significativamente con la ansiedad, tanto en sus niveles funcionales como en la presencia de trastornos ya conformados (Brown, Chorpita y Barlow, 1998; Clark, Watson y Mineka, 1994; Zinbarg y Barlow, 1996); habiendo sido también descrito el neuroticismo como un factor de riesgo para la depresión (Kendler, Kuhn, & Prescott, 2004).

Bases biológicas y ambientales del neuroticismo

Existen múltiples estudios que han tratado de analizar el peso relativo de la genética y del ambiente tanto en la presencia de este rasgo de personalidad como en su influencia posterior sobre el posible desarrollo de los DE. En este sentido, Khan et al. (2005) afirman que los niveles de neuroticismo explicaban en torno al 40% de la comorbilidad entre la depresión mayor y la ansiedad generalizada, siendo una parte sustancial de este efecto debido a factores genéticos compartidos entre dicho rasgo de personalidad y ambos trastornos (Hettema et al., 2006).

En otro estudio con gemelos, Mackintosh, Gatz, Wetherell, y Pedersen (2006) encontraron que un tercio de las influencias genéticas sobre el trastorno de ansiedad generalizada (TAG) eran comunes a las influencias genéticas sobre el neuroticismo, mientras que las influencias ambientales específicas del individuo no estaban relacionadas entre dicho trastorno y rasgo de personalidad.

No obstante, en un estudio de Kendler, Gardner, Gatz y Pedersen (2006) se encontró que si bien factores genéticos medidos por el rasgo de personalidad de neuroticismo contribuían de manera sustancial al riesgo tanto de trastorno depresivo mayor como de TAG (pudiendo ser en parte responsable de la comorbilidad encontrada entre ambos trastornos), la mayoría de la covarianza genética entre ambos resultaba de factores no relacionados con neuroticismo, ya que dicho rasgo de personalidad sólo contribuía en un 25% a la correlación genética entre depresión mayor y ansiedad generalizada.

Las complejas interacciones entre los factores genéticos y ambientales en relación al neuroticismo quedaron de nuevo subrayadas en el estudio llevado a cabo por Laceulle, Ormel, Aggen, Neale, Kendler (2013) en el que, tras comprobar que la estructura del neuroticismo que mejor ajuste presentaba era aquel modelo que incluía tanto componentes rasgo como estado, encontró que las influencias genéticas sobre el componente de rasgo eran más fuertes que las influencias ambientales en gemelos cuando éstos eran de menor edad, mientras que informaron del fenómeno contrario en gemelos de mayor edad.

Asimismo, hay datos que sugieren que el neuroticismo presenta un riesgo determinado ambientalmente para niveles más bajos de afecto positivo y un riesgo tanto genético como ambiental en lo que se refiere al riesgo incrementado de presentar mayores niveles de afecto negativo (Jacobs, van Os, Derom, Thiery, Delespaul et al., 2011).

A pesar de encontrar dichas asociaciones, estas relaciones no deben entenderse como un efecto directo y único que explique la ocurrencia de los DE, sino como un factor que contribuye a una mayor vulnerabilidad o predisposición a los mismos que, sumados a otras variables biológicas, psicológicas y sociales, pueden resultar en la manifestación de este tipo de trastorno. Podemos afirmar que existe suficiente evidencia para considerar el neuroticismo como un factor de riesgo de los DE; sin embargo, hasta la fecha no son muchos los estudios que han tratado de averiguar la vía a través de la cual un mayor grado de neuroticismo puede desembocar en un trastorno emocional, ya que no todas las personas con esta característica temperamental acaban sufriendo un trastorno; lo cual nos indica que debe haber otros mecanismos subyacentes que estén incidiendo en el procesos de génesis de éstos. Este hecho subraya la necesidad de una mayor comprensión sobre la forma en que rasgos de personalidad se relacionan con trastornos psicológicos: ¿qué otros procesos pueden contribuir no sólo al desarrollo sino también al mantenimiento de esta clase de problemas psicológicos?, ¿a través de qué mecanismos el neuroticismo se relaciona con los DE?

La regulación emocional: un proceso relevante implicado en los DE

Se ha demostrado que tan importantes son las emociones primarias que un individuo presenta como lo que éste hace con ellas una vez que han sido generadas (Sauer-Zavala et al., 2012). El proceso por el cual un individuo activa una meta con el objetivo de incrementar o reducir la magnitud o duración de su respuesta emocional, tratando de reducir su malestar e intensificar la experiencia de emociones positivas, se ha denominado regulación emocional (Gross y John, 2003; Gross, 2013). Este proceso en el que la persona trata de manejar sus propias emociones con el objetivo de alcanzar una meta concreta respecto a las mismas (Koole, 2009), puede desembocar en unos resultados satisfactorios (siempre que alcance la meta propuesta) o deficitarios (en caso contrario).

En este último escenario, en el que una persona trata de regular por ejemplo una respuesta emocional negativa de modo que ésta se reduzca poniendo en marcha como estrategia de regulación concreta la rumiación, suele tener el efecto contrario al deseado, incrementando o manteniendo la respuesta emocional original (Nolen-Hoeksema, 2000).

Existen abundantes datos a favor de la presencia de dificultades en el procesamiento y regulación de las emociones como variable implicada en la génesis y mantenimiento de los DE (ver De Castella et al, 2013) al prolongar o incluso exacerbar la experiencia emocional de los individuos.

En este sentido, se ha propuesto el concepto de desregulación emocional que señala la presencia de déficits en relación a una o más de las siguientes habilidades relacionadas con la regulación de las emociones:

  1. Conciencia/comprensión de las emociones,
  2. Aceptación emocional
  3. Control de conductas impulsivas o conductas que se dirijan hacia las metas del individuo
  4. Uso de estrategias de regulación emocional desadaptativas (Gratz y Roemer, 2004).

Si bien hay aproximaciones recientes que ponen de relieve el papel de habilidades autoregulatorias en la presencia de DE (Barlow, Ellard, Fairholme, Farchione, Boisseau, Allen, y Ehrenreich-May, 2011; Wells, 1999) el modelo que subraya con mayor énfasis el papel de las dificultades en la regulación emocional es el Modelo de Desregulación Emocional propuesto por Mennin (Mennin, Heimberg, Turk, y Fresco, 2005). De acuerdo con esta teoría, las emociones se tornan disfuncionales debido a un proceso de desregulación de las mismas derivado de la presencia de dificultades emocionales en alguna o varias de las siguientes áreas:

  1. Una elevada intensidad emocional
  2. Una reducida comprensión de las emociones
  3. Un rechazo a la propia experiencia emocional
  4. El uso de estrategias de regulación desadaptativas

Un aspecto innovador de este modelo es el hecho de que plantea que dicha desregulación responde a un proceso temporal que engloba desde la generación emocional (intensidad emocional) hasta la puesta en marcha de estrategias concretas, pasando por variables asociadas a la percepción y actitud de los individuos sobre su propia experiencia emocional. Dicha desregulación emocional se ha asociado con diversos problemas de salud mental como en la depresión (Shapero, Abaramson y Alloy, 2015); en la ansiedad (Tirch, Leahy, Silberstein, y Melwani, 2015); en el trastorno de ansiedad generalizada (Mennin et al., 2005) o en la fobia social (De Castella, Goldin, Jazaieri, Ziv, Heimberg, & Gross, 2014), entre otros. El meta-análisis llevado a cabo por Aldao, Nolen-Hoeksema y Schweizer (2010) apoya precisamente la noción generalizada de que las dificultades en la regulación de las emociones de los individuos están asociadas a la presencia de psicopatología en los mismos. Estos datos apuntan a que efectivamente la regulación emocional puede estar jugando un papel significativo en la presencia y mantenimiento de un procesamiento emocional disfuncional en los individuos, siendo en concreto su vinculación con los DE muy relevante.

 

¿Cómo se relacionan estas variables?: neuroticismo, regulación emocional y desórdenes emocionales.

A pesar de existir literatura considerable en cuanto a las relaciones entre dichos factores, a saber: personalidad, dificultades en el proceso de regulación afectivo y presencia de DE, encontrando en la mayoría de los casos asociaciones significativas positivas entre ellas (i.e. Mennin y Fresco, 2015; Bourgeois y Brown, 2015), seguimos sin contar con una respuesta definitiva acerca del modo en el que el neuroticismo y las estrategias de RE se relacionan con dichos trastornos.

En un intento por aportar claridad en este sentido, hay autores que han propuesto modelos jerárquicos de vulnerabilidad que conceptualizan el neuroticismo como un factor general de vulnerabilidad junto a otros factores de segundo orden como la sensibilidad a la ansiedad, la intolerancia a la incertidumbre, las meta-creencias negativas sobre la preocupación o el pensamiento repetitivo negativo (Norton y Mehta,2007; Van der Heiden et al., 2010; McEvoy y Mahoney, 2013).

Sin embargo, hasta la fecha apenas hay estudios que hayan analizado el papel de la desregulación emocional como posible mediador de la relación entre neuroticismo y los DE en el marco de modelos jerarquizados de este tipo de trastornos. En un estudio reciente, la desregulación emocional y la inflexibilidad psicológica, tomadas en conjunto, mediaron completamente la relación entre neuroticismo y depresión (Paulus, Vanwoerden, Norton y Sharp, en prensa). De la misma forma en la que Bashore, Salguero, Ramos-Cejudo y Hervás (en preparación) encontraron un modelo jerárquico para el trastorno de ansiedad generalizada, en el que la presencia de dificultades en la regulación emocional medió parcialmente la relación ente neuroticismo y sintomatología TAG. Es decir, los individuos con elevados niveles de neuroticismo presentaron más sintomatología TAG debido en parte a su pobre comprensión emocional, actitud negativa hacia su estado emocional y reducida percepción de automanejo sobre sus dichas experiencias.

Implicaciones clínicas

Las consideraciones teóricas expuestas presentan diversas implicaciones prácticas, ya que si las dificultades en regulación emocional quedan avaladas por las investigaciones futuras como parte de la etiología de diversos procesos psicopatológicos, incluirlas de manera específica dentro de tratamientos multicomponentes e integradores podría no sólo mejorar su eficacia sino también su eficiencia.

De hecho ha habido un desarrollo en los últimos años dirigido a enriquecer los paquetes de tratamiento cognitivo-conductuales al incluir de manera explícita el trabajo sobre los pensamientos negativos repetitivos, las estrategias concretas de regulación o el fomento de la comprensión y aceptación de los estados emocionales. Así, contamos en la actualidad con nuevas propuestas de tratamiento cuyo abordaje contempla algunos procesos asociados a la desregulación emocional y que, si bien requieren de más estudio, están presentando resultados prometedores en el tratamiento de los DE (i.e. Hofmann et al., 2010) como son la terapia dialéctica conductual (Linehan, 1993), la terapia de aceptación y compromiso (Hayes, Strosahl, y Wilson, 1999), la terapia cognitivo-conductual basada en Mindfulness (Segal, Williams, y Teasdale., 2002), la terapia conductual basada en la aceptación (Roemer, Orsillo y Salters-Pedneault, 2008), el protocolo unificado (Ellard, Fairholme, Boisseau, Farchione, y Barlow, 2010) o la terapia de regulación emocional (Mennin & Fresco, 2014).

Discusión y conclusiones

A pesar de existir abundante evidencia sobre el neuroticismo y la regulación emocional y sus relaciones de manera independiente con diversas formas de psicopatología y procesamiento emocional disfuncional, continúan existiendo lagunas significativas en lo que respecta a la nosología de los DE. Identificar los mecanismos implicados en el desarrollo y mantenimiento de los DE incrementaría la comprensión acerca de la manera en que factores de vulnerabilidad, como el neuroticismo, pueden desembocar en un desorden emocional. Tal avance ayudaría a integrar los resultados de distintos ámbitos de investigación (i.e. personalidad y regulación emocional); y, además, permitiría una mejora en los esfuerzos de prevención y en los tratamientos administrados. Asimismo, contemplar la regulación emocional como variable transdiagnóstica (Estévez, Ramos-Cejudo y Salguero, 2015) puede presentar el potencial necesario para fortalecer nuestra comprensión sobre la psicopatología así como nuestras aproximaciones terapéuticas a trastornos como los DE.

Aún así, aunque en los últimos años ha habido un creciente interés en la emoción y la regulación emocional en lo que respecta a su papel dentro de diversos fenómenos psicopatológicos, todavía es necesaria más investigación en este campo de manera que se delimiten con mayor precisión los factores que generan una vulnerabilidad hacia este tipo de problemas de salud mental y los mecanismos explicativos involucrados en los mismos.

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